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26 de octubre de 2011

PENSAR


Muchos leen para distraerse, otros para pensar.
El libro de Vergilio Ferreira, PENSAR, (ed. Acantilado), es un ejemplo de los que se recomendaría a los del segundo grupo.
Copio a continuación algunos pensamientos que este autor nos regala en esta obra.
¿Libros que me distraigan? Ya estoy bastante distraído conmigo mismo. No tanto los libros que me aumentan el saber, como los que me aumentan a mi. Somos inmensos pero atrofiados. Por eso me importan los libros que desarrollan lo que soy. Ignoramos que somos tantas cosas, sólo porque el embrión no se nos desarrolló hasta hacerse visible. Un libro que me aumente, no que se me aumente. Es mucho lo que he acumulado. Y lo que he sido, es muy poco.
No podrás vencer a la muerte. Pero clávale la vida como un banderillero y verás que muchas veces cabecea en el vacío.
Entre la infinidad de posibilidades de no haber nacido, tuviste la suerte de nacer. Si te hubiese tocado “el gordo” los habría que te admirarían de que te hubiera tocado. Quizá tú mismo dirías que parece un “sueño”, que es increíble, que todavía no has vuelto en ti de asombro. Pero esa fue la suerte de un número entre decenas o incluso centenas de miles. Pero que hayas nacido es haber tenido la suerte entre billones y billones de posibilidades negativas. Te tocó el número inscrito en un grano de arena del universo. Y tienes el privilegio increíble de ver el sol, las flores, los animales. De oír los pájaros y el viento. Y a pesar de todo, qué fácilmente te olvidas de todo eso. Pronto todo se te borrará en silencio. Pronto la oportunidad de estar vivo desaparecerá. Probablemente nadie más sabrá que has existido. Y un día tampoco se sabrá nada de los que lo supieron.
Ir a ver el mar. Verlo de vez en cuando y siempre con la misma fascinación. ¿Qué hay en él para que nos fascine así? Su fuerza inmensa ante nuestra pequeñez. Su misterio visible e inquietante porque es lo invisible de su visibilidad. Lo irrisorio de su absurda convulsión y la señal indefinida que viene de detrás del horizonte y que no sabemos qué es. El olor a espacio, una memoria confusa de aventura, la prueba presente de su infinidad ausente, nuestra dilatación por un poder inmenso, una cierta complicidad con Dios.