24 de mayo de 2017

Leonor Merino nos habla de "Pronombres" de Asunción Caballero ( Mascab)

Portada de la edición en castellano
Editorial Lastura 
El pasado 10 de septiembre de 2016 –primera “Feria del Libro Hispano Árabe”– y el 5 de octubre –en “Mujeres & Compañía la Librería”–: presenté el texto poético de Asunción Caballero (Mascab), puesto que así me lo pidió en la anterior “Feria del Libro” de Madrid, donde ambas coincidimos con nuestros respectivos Poemarios.
Inicié su lectura con toda la atención y el estudio que merece un texto poético nacido de una mujer con la que he compartido no solo “Festivales Poéticos”, sino instantes muy cercanos en el alborozo-desencanto de la Vida (¿la amistad –que perdura– es poso, estrato, más duradero que el amor? Tal vez).
Siguiendo mi pulsión, allí donde la mirada solo puede colgarse del horizonte y el viaje se convierte en interior… –en “mi” interior– equipado ya de tantas lecturas y autores que me cobijan, fui a la búsqueda:
Al encuentro del hálito de Mascab
El Poemario que tengo entre mis manos consta de 49 poemas de los cuales 16 han sido traducidos a la lengua árabe por Samir Moudi y editado por Lastura, Ocaña (Toledo).

Portada de la edición bilingüe
Editorial Lastura

Está estructurado en 4 partes: El YO que consta de 14 poemas; El TÚ que tiene 9 poemas; El NOSOTROS: 14 poemas; ELLAS y el ello: 11 poemas; y un broche final que abraza a [los] Pronombres: Cuando me alcance la noche.
Asunción, en “este” mundo hedonista en el que se da importancia al Ego sin escuchar al Otro, es discreta y directa.
Considero que se aleja de la postura ególatra, porque no nada bien en esas “aguas”.
Escuchemos sus versos:

“Una diosa anda suelta […] se baña en el lago de las alabanzas / y acrecienta con saliva rancia / su reinado de egodiosa. / Consciente, beneplácita, / que los mosquitos laman su ego. / Cuando la noche estalla, / copula con la sangre rastrera de las orugas / y pare escombros al amanecer” (Egodiosa).

Asunción es sencilla:

“Sin saber si será un relato o un mal poema, escribo. / […] Hay quien dice que yo hago poesía. / Hay quien piensa que yo hago renglones sin versos. / Lo cierto es que escribo, sin intención de molestar a nadie, / con el deseo de realizar un vuelo” (Escribo).

Asunción Caballero (Mascab) 

Sus poemas, conocimiento de lo que nos rodea pero también de ella misma, nos hace adquirir conciencia, sin ir atropellando todo.
Porque la poesía –estimado público lector–, aunque también es una forma amorosa de ver lo que nos rodea y que nos hace adquirir conciencia, no es exhibición del poeta sino que, como señala Salinas –recogido pensador y místico conceptista–: la “revelación, ante nuestros ojos asombrados, del alma de la que estamos provistos”.

Asunción confiesa, casi en la obertura del Poemario, que es “mujer imperfecta”: “no volver a preocuparme / de hacer las cosas que ya / no me placen” […] y vivir mis días sin buscar la perfección” (Soy mujer imperfecta).

Y persevera, casi en el prendedor final del Poemario, en un traslado del pronombre personal a la tercera persona: “Quiere, simplemente, / vivir su imperfección” (El arte de perder).
Mascab, en su espontaneidad, conoce, también, la debilidad del ser humano, sus entretelas: “No envidies mi bolso, / viaja de balde y sin visados. / No envidies mi casa, / vivo de alquiler. / Ni mi coche, a crédito / de usureros; / […] “No me envidies por nada, / solo soy / una mujer” (Nada).

El camino –amigos– debe realizarse sin ínfulas, como el gran lisboeta, Fernando Pessoa, quien varias décadas después de su muerte alcanzó fama mundial e inspiró a tantos escritores: José Saramago (El año de la muerte de Ricardo Reis) o Antonio Tabucchi (Un baúl lleno de gente, El tiempo envejece deprisa).
Confesó el poeta portugués:
“No soy nada / No puedo querer ser nada / A parte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo. […] tal vez hayas existido apenas, como una lagartija a quien cortan el rabo / y es sólo un rabo retorciéndose más acá de la lagartija”: TABAQUERÍA (un ruego: es necesario acercarse a su obra y a sus heterónimos –personajes ficticios para crear la obra literaria– que cautivan: Bernardo Soares, Álvaro de Campos, Ricardo Reis o Alberto Caeiro).



Asunción Cabllero y Leonor Merino 
Mascab, ¿es rebelde?: como toda mujer que toma conciencia de su estatus, como toda mujer que debe plantearse que la revolución/evolución está aún por hacer, por completar –tanto en el Norte como en el Sur–, y que cada generación está obligada a hacer la suya propia.
(un día, Asunción, te hablaré de Isabelle Éberhardt, Odette Du Puygaudeau y Marion Senones travestidas de ropajes árabes o beduínos en búsqueda de absoluto: pájaros en el espacio)
Pero ahí está la escritura, para franquear múltiples puertas y atravesar estaciones que no se encuentran en ningún calendario.
Afirmación del yo frente al mundo, libertad absoluta del alma: “La liberté guide nos pas” –señaló el poeta surrealista, Paul Éluard.

“Romper el velo de la garganta” –me susurra la escritora Hélène Cixous, nacida en Orán como su padre y de madre de origen alemán (Vivre l’orange: oran-je se convierte en metáfora de las raíces del yo).

Y en Mascab, existe la sed de volar –verbo y su sustantivo con los que se arropan muchos versos de Pronombres–: “Irse, / es necesario irse de vez en cuando. / Irse lejos de las fórmulas llenas de reglas. / Dejar de caminar / sobre el diámetro vicioso de un círculo. / Y hallar la fórmula para volar bajo las olas del mar” (Irse).

Desea desnudarse de lecciones aprendidas, quiere desaprender a matar el tiempo como lo hacían nuestras antepasadas, desaprender los errores aprendidos, desaprender aquellas oraciones mudas de antaño: “¡Maldije las lecciones aprendidas / y las doctrinas de cuentos de hadas!” (Limpieza semanal).


En fin, es necesario desaprender el consenso ideológico como señala Roland Barthes: “es decir la doxa, la opinión pública, el espíritu mayoritario, el consenso pequeño burgués, la voz de lo Natural, la Violencia del Prejuicio. Se puede llamar doxología (palabra de Leibniz) a cualquier forma de hablar adaptada a la apariencia, a la opinión o a la práctica” (Roland Barthes par Roland Barthes).
Asunción quiere mudar hasta la piel, des-ocuparse, des-preocuparse: “Hoy no se ha vestido. / Ha deshabitado el aire, / no ha querido cocinar / ni ponerse rímel en la mirada. / […] Ni siquiera / se ha cambiado de bragas. / ¡Qué guarrería! (Día vago).

De-construir, romper, pero sin estruendo, con generosidad y libertad, si se presentara, fortuitamente, cierto caso…
“Sí. Es muy triste, pero ha llegado la hora del reparto. […] Aún nos queda la motocicleta y los coches. / Con la primera, conseguiste hacerme más feliz, / me mostraste cómo volar desde las cimas / y fotografiar los campos “a vista de pájaro”. Tuya es, siempre lo fue. / Sentiré envidia cuando otra vuele contigo y, a la vez / seré dichosa al veros pasar / [...] Debemos fragmentar, dividir el “nosotros” en dos “yoes” afines, / vinculados por los hijos en custodia, desde hoy. / Se hizo tarde. La noche llegó justo a tiempo y he de marcharme, / no me detengas, me espera mi definitivo YO” (El reparto).

En Madrid en la  primera Feria del Lbro Hispano-Árabe: 
la periodista Suzane Zaura, Leonor Merino y  
Asunción Caballero 
Y Asunción proclama exultante: “Ya vuelvo a quien soy. / Dejo abandonada a la otra, / renuncio a sus palabras huecas, / a su desaforada prisa y a estar en todo. / Ahora es tiempo para mí” (Ocaso).
Por eso, situada al margen de la cultura ancestral, plantea una situación entre su Yo social –la imposición Paterna–, frente a su Yo real –lo que desea ser y hacer–: capacidad de elegir, de cumplir sus sueños.
Al final, frente al liderazgo de lo emocional se impone lo racional y la salvación de la poeta en el abrazo de la comprensión, pero ya desde la eternidad: “Es posible que los años hayan expandido tinturas / para cubrir el moho / y mostrarme tu cariño. / Es posible” (Cariño apóstata).

Por el contrario, ecos de canto lastimero resuenan en la Madre, derramando su voz, mientras recorre habitaciones y recodos del hogareño pasillo, recreando las canciones desgarradoras (como Perfidia) de Marifé de Triana: afamada cupletista, por entonces –y mientras leo y siento a Asunción…, la poderosa voz de mi Padre entona “María de la O”.
¿Somos, en el fondo, lo que vemos? –me pregunto.

Asunción –compañera–, permite que mi hálito ice el vuelo, junto al tuyo, y se pose tras la “luz” / “sombra” poética de mis pasos, cosida a mis talones:
Tiempo
adobe attúb aldaba
tatuaje indeleble
laguna-medina en mi entraña.
Y de nuevo, una bocanada de frescor vuelve a dar una fugitiva vida al instante pasado, definitivamente pasado, a tu pasado/a mi pasado.
Así, por los versos de Asunción se desgrana un vocabulario de ámbito familiar, de interior: electrodomésticos, fogones, platos, estantes, salón, rieles de cortinas, televisión, sofá, mesa (“la de nogal de mi abuela”), sillones, libros, ordenadores, portátil, proyector, discos de vinilo, cuadros (“los lirios –de Van Gogh”–), espejo, fotos, álbumes, dormitorio, cama, edredón, perchas, armario, cajones, pasillo, ventana, balcón, patio, puerta y cancela.

Igualmente, la indumentaria femenina –¿fetichismo?–: vestidos, bolso, zapatos, tacones: altos tacones y tacones rojos, labios de rojo intenso, sombrero blanco, trench coat, anillos y foulares.
Como también son recurrentes ciertos órganos vitales: entrañas, vientre, tripas, cigoto, estómago y ovarios.

Mientras, “partículas” “de aire”, “de polvo” y “de papel”, así como “cenizas” “en los ojos” y “en el salón”, sobrevuelan para depositarse, al fin, en sus versos.

En la primera Feria del Libro Hispano -Árabe de Madrid,
junto a los Embajadores, de izquierda a derecha:
Casa Árabe de Madrid,  Palestina y Libia
Y es que el mundo no es una serie de lienzos bien ordenados, sino más bien un montón de manchas confusas.
El poeta/la poeta crea envuelto/a en una ola rítmica que enajena, donde lo demás no existe.
(dentro del poema, apenas soy leve sugerencia: la literalidad sugiere y eres tú, lector-a, quien le das Vida).
Pero también es necesario un espacio físico para poner orden en ese caos, para aislarse, para aprender a conocerse, como señala Virginia Woolf (Adeline Virginia Stephen): “Alumbrar vuestra propia alma, su profundidad y sus bajos fondos, su vanidad y su generosidad, decir lo que significa a vuestros ojos vuestra belleza y vuestra fealdad, cuáles son vuestras relaciones con el mundo moviente…” (Una habitación propia).
Todo ello para dejarse llevar por la imaginación, pero también para iluminarse uno/una, en su interior.
Qué contento el mío, al coincidir con Asunción al citar a esta escritora británica, cuando expresa la necesidad de ser auténtica con una misma: “Si no dices la verdad sobre ti misma no puedes decirla acerca de otras personas” (Virginia Woolf).
Y acompañando el título de sus poemas, alude a otras mujeres sencillas, entrañables –escritoras o poetas–: Chelo de la Torre, Alexandra Kolontái, Ángela Vallvey, Flora Tristán, Betty Friedan, Elvira Daudet, Dorothy Parker, Ana Montojo y Santa Teresa de Jesús.

Su interés por la mujer es manifiesta en cuanto hace y se expresa, porque el cuerpo y ánima se va metamorfoseando “en todas las mujeres que se comieron el dolor / antes de rendirse a su azote / […] Soy la mujer que creció sin padres / y cuida sola de sus hijos, / la que necesita drogas / para detener el tren de sus tormentos / […] soy la mujer lesbiana que es perseguida por hombres de mentes pequeñas / y braguetas empujadas, / o aquella otra que se suicida / huyendo de una sombra / […] / Soy la niña maltratada a la que violan / y cuelgan de un olivo, / mientras ojos obscenos / que no merecen ver / observan su último aliento”.
Sí, clama, grita a todo pulmón por todas las mujeres “que necesitan luz”: “tumbándome a su lado / sobre el barro / de la tierra” (Mujeres sobre el barro).

Pero igualmente a Mascab le duele la traición, en la amistad de alguna mujer:
“Se ha quedado mi risa en el fondo del armario, / en el ensanche del hueco / entre mi cariño / y tu deslealtad. No la encuentro […] La he buscado durante horas / y no tuve éxito […] y, cuando salga a la calle / todos preguntarán / quién usa mis vestidos” (Amiga).

Solidaria con las causas sociales, como en el poema dedicado a ´Ali Dawabsha. Sí, amigos, se trata de un niño palestino que quedó hecho un tizón en su cuna, como murió su madre a consecuencia de la quema, y por la violencia sionista: “Son niños que no suman / para el occidente perfecto. / Niños de brasas / y piel púrpura / quemados. / Son niños de ceniza / entre los escombros” (Niño palestino).


Leonor Merino, la artista plástica Najat Saharaui y Asunción Caballero
en la presentación de Pronombres  en Mujeres & Compañía, la Librería.

Y, ahora, ante mis pupilas: un terremoto. La pérdida humana irreparable. La pérdida atroz del patrimonio cultural. Miles de pequeñas aldeas rurales sumidas en las entrañas de la Tierra. Valles apisonados por la zarpa de la Naturaleza:
“Los hombres corren, / son anclas sus pies. / Lodo y sangre, madera y barro. / […] Sangre, lodo, barro, madera, / el polvo es la muralla que ahoga el día. / Madera, lodo, barro, sangre. / Barro, madera, sangre y lodo: destrucción” (Katmandú).

Fraternidad con los desahuciados: “Los contenedores de la impurezas / no habitan a los desprotegidos” (Madrid). Y la piedad por unos ojos que “me hablan de dolores añejos, / de niños sin juguetes ni abrigos, niñas sin alimento ni protección, / […] y, en tus ojos, / solo veo ausencia / de compasión humana / […] me siento necia ofreciéndote / lo único que porto: / unos versos, tal vez inútiles, / para concienciar a quienes no miran / por los cristales de su salón… (El negro de unos ojos)
Siento, aprehendo, la disposición de los versos de Mascab como epifanía de un paisaje social, personal e intimista, como carta de amor al ser humano, al Universo.
Sí, al amor, a su Amor –“ternura y fuego”– o a aquellos otros grandes amores –“llamas entre mis cenizas”.

“Nadie ocupa / la esquina opuesta de la cama. […] Esta noche / espero en el sofá / a que mi casa / recupere / sus medidas”: Todo se hace grande, sí, ante tú ausencia: “Marchaste de casa, dejando en mis labios / el beso que no me diste anoche”. Sin embargo, momentos antes…: “Una pareja de cormoranes / envidiaron nuestros cuerpos, / enlazados bajo las olas” (Insomnio).

Y como Selene, observa a Endimión, mientras duerme…:
“Espérame en el borde del mundo. / Llegaré a tu lado estriando la senda, / caminaré entre los surcos ocres y verdes / de tu durmiente almohada […] Y en tus abrazos acoplaré para siempre mi palpitar”. Y al mirarte: “A veces, / me ahogan las sombras / que perfilan tus párpados. / El huracán se acerca. / La felicidad / se escabulle por la puerta de atrás / y cierra al salir la cancela”.

¿El amor que se escribe es más peligroso que el amor secuestrado? –me pregunto, Asunción.
… Y cuando ya se aproxime “El túnel de luz” que, como Aqueronte –río del dolor–, lleva consigo la muerte:
“Cuando me cierres los ojos al final del camino, / no me dejes sola cruzando el puente. Funde con tu aliento la nieve de mis manos, / insufla alegría en mis labios y acaríciame el rostro. […] Amor, llévame hasta el último mirador / y déjame ir abrazada al recuerdo de nuestros orgasmos”.

Pronombres, donde “Nosotros no está tan alejado de “Él”; el “Yo” del “Tú” o del Otro que se funde en “Vosotros”.
Y ojalá, en el por-venir, la futura posibilidad de un “Nosotros” constante y no la dislocación del “Yo-Tú”.
Pero, Amigas/Amigos, una carta-epifanía, diseñada con ternura y sazonada con algo de rebeldía, en el silencio y soledad con una misma, no terminaría nunca.
Así, Asunción, echando la vista atrás por el sendero de la Vida ya recorrido, declara en una cita que la define:
“En la vida hay algo peor que el fracaso: el no haber intentado nada” (Franklin D. Roosvelt).

Y se despide de nosotros, con una elegía –lamento a su propia ausencia:
“Hoy me ha dado por preguntarme / qué pasará cuando mi día se haga noche, / qué cuando mi familia regrese a casa, pasadas las primeras setenta y dos horas / […] quién se probará mis anillos / y dejará que el aro haga sombra en su piel / […] quién se sentará en mi lado del sofá / y verá la televisión con mi marido, / quién intentará consolar a mis hijas / diciéndoles lo que ellas ya saben, / […] quién no soportará hacer nada de esto, / quién se tumbará a mi lado de la cama / y hará creer a mi chico que soy yo, […]

¿Sentirán mis hijas,
mi marido,
mis madres,
mis hermanos,
mis amigas, cuánto les ame?
¿Sonreirán con mi recuerdo
o seré una sombra errante…?”
Asunción, amiga, en mis versos:
Serás color brisa perfume célula.
Serás en el naufragio sin final, la Memoria de quienes amas hasta que, contigo, se pierdan en el olvido de las mudanzas
acarreadas por la Escritura.
Finalmente, en mi pulsión por salpicar todos los textos que tejo de Literatura Comparada, permitidme una última cita de Antonio Tabucchi, que no creía que la vida fuera comprensible sino en términos narrativos: “La vita mi sembra equivoca e surrettizia. La mia narrazione, sebbene sia dotata di volontà di completarla, assume inevitabilmente la fisionomia dell’oggetto narrato, diventa equivoca e surrettizia”.
Muchas Gracias, por vuestra atenta lectura y escucha.


Autora de la reseña : Leonor Merino Garcia 



Próximas citas con "Pronombres" Edit. Lastura-2016


Para los amigos y amigas que estáis lejos o que vivís fuera de Madrid y que queréis haceros con "Pronombres", pero lo queréis firmado y dedicado, os informo que si hacéis el pedido a la editorial antes de éste domingo día 28 de mayo, y les decís que lo queréis firmado, la autora  podría  firmarlos en cualquiera de las ocasiones en que la semana próxima estará con su editorial en la Feria de Libro de Fuenlabrada (domingo 28 de mayo por la mañana) y la Feria del Libro de Madrid (lunes 29 de mayo por la tarde).

La web de la editorial para los pedidos es  LASTURA


Si quieres saber que otros comentarios se han hecho de este libro, pincha en este enlace.

Pronombres de Asunción Caballero 

13 de abril de 2017

ÁNGULOS



Reconozco una dificultad añadida el hecho de leer con ojos críticos la obra poética de una amiga. Chelo de la Torre se ha pasado esto años amasando este primer libro de poemas que ni nunca se había propuesto. La profesora de Matemáticas se apartó del encerado y dejó de respirar polvo de tiza. Había dedicado toda su vida profesional a enseñar a calcular perímetros, áreas, ecuaciones, logaritmos y derivadas, pero ya jubilada seguía con ganas de nutrir sus propias neuronas haciéndolas trabajar en un campo desconocido. Y como el mayor que aprende a cultivar hortalizas en un campo social, se ha dado a tallar palabras, pulimentarlas y encararlas en una estructura poética.

Ángulos ha titulado a este primer poemario nacido mayormente en las esquinas de la vigilia o en el sobresalto de una urgencia. Hay mucho de personal, de intimismo, de lágrima seca de mujer, de madre cuyos hijos siguen anidando en su corazón, a pesar de las largas horas de vuelo fuera del nido. Un libro redondo, cuyos múltiples sesgos y biseles han logrado casi una esfera perfecta. Un libro que bien podría ser ese círculo, al que se accede desde los infinitos ángulos de la periferia perimetral hacia el corazón que más veces padece que goza. En todo él, una magia de la proporción y cadencia que podría venir de esa relación mágica de π con la circunferencia, esa en la que ella ha envuelto el pasado remoto con el presente y hasta con los miedos a futuro, con  la música y el clamor que todo lo ordena y armoniza.

Chelo de la Torre ha construido sus poliedros líricos con los mimbres de esa misma geometría y aritmética que durante tantos años ha utilizado para dar una sólida formación técnica a los estudiantes de segundo grado, ahora que sus días son “un círculo centrado en la rutina” y con la sencillez de la línea recta, a lo sumo quebrada, pero nunca helicoidales de artificio barroco. Precisamente en la sencillez de su sintaxis y en lo acertado de sus ricas metáforas reside el mayor de los alicientes. La voz poética habla como la profesora de matemáticas que fue, sin engolar la voz, sino usando la distancia más corta entre los dos extremos de un segmento: “La lluvia quiere borrar la casa donde me hice niña”.

En su poesía, un recorrido por la memoria refrescando la infancia y juventud, aunque también se proyecta al futuro: “recuerdo la vida que pudimos tener juntos”. A esta fiesta de la escritura ha convocado a todas aquellas personas y elementos que conformaron su vida y sus recuerdos, sobrevolando por encima de todo el presente en esos sobresaltos de un dormir intranquilo y accidentado por amor: “A un lado van las dudas, / las dudas de casi todo”. O mucho más claramente cuando afirma: “otra vez su mirada en blanco rompe la noche…  se despiertan las termitas que roen mi útero en silencio”.

Enhorabuena, querida amiga. Es cierto que la Red está cuajada de voces que se autodenominan poeta en lugar de obreros del ripio; pero no es tu caso. Este primer libro deja la puerta abierta a seguir creando, a elaborar sin prisas ni pausas, y a sacar de ti el manantial lírico por el que apuesto y espero.

7 de abril de 2017

EXPERIENCIAS MÍSTICAS DE UNA MONJA DEL SIGLO XVIII

              Escritos de las Sierva de Dios Sor María del Socorro                                   Astorga Liceras (1769-1814)


En un “cajoncito” de madera han permanecido durante doscientos años los escritos de una monja del Convento de las Mínimas de Archidona. Unos papeles que han resistido diversos avatares, desde la invasión francesa que sufrió el pueblo en el siglo XIX, la Desamortización de Mendizábal, la quema de archivos durante la Guerra Civil, la casi ruina del convento en la década de los años cuarenta, y el más terrible de todos, el olvido.

                                Detalle de los escritos y el "cajoncito"
Los escritos de  Sor María del Socorro Astorga Liceras, (1769-1814), a la que  "su director espiritual, la obligó a que dejara por escrito toda su vida espiritual, incluso antes de ser religiosa, como una vez siendo monja profesa", donde le ordenó que contara "todo, aunque fueran minucias sin importancia". Unos escritos que quizá siguiendo el ejemplo de Sta. Teresa de Jesús o de otras tantas religiosas de la época, tenía la misión de dejar su impronta para las religiosas de su orden.
 Un testimonio que en el contexto de hoy día, nos puede resultar incomprensible, pero si se tiene en cuenta que durante los siglos XVIII y XIX  las únicas salidas "decentes o airosas" para la mujer eran el matrimonio o el convento; y las lecturas a las que podían acceder eran mayormente textos de vidas de Santos, la podremos entender mucho mejor. Además de que su vida se fracturó cuando quedó huérfana de madre a los tres años y su padre,  alarife de la Plaza Ochavada, contrajera nuevas nupcias. 


El otoño de 2015 visitamos Archidona para presentar Maneras de desandar el tiempo, una  antología de relatos de nuestro grupo de escritura Punto y Seguido. Después de la presentación  fuimos a tomar unas tapas en un bar ubicado en la Plaza Ochavada, y  entre caña y tapa, hablamos de libros y esto derivó al tema de las mujeres escritoras. Fue entonces cuando Sole, la bibliotecaria, me contó que el día 8 de diciembre presentarían un libro sobre unos escritos  que habían encontrado en un cajoncito en el Convento de las Monjas Mínimas, tras la muerte de otra monja. Como he apuntado anteriormente la historia de cómo se han llegado a publicar estos escritos después de dos siglos me pareció digna de ser compartida.
 El día 23 de marzo de 2013, un acontecimiento que parece de lo más natural, el fallecimiento de Sor Ángeles Rodríguez Utrilla, a la edad de 96 años, encadenó varias casualidades. En el Archivo Histórico Municipal de Archidona, se encontraban investigando sobre el legajo del alarife archidonés Fco. de Astorga, padre de la Sierva de Dios y se empezó a hablar del tema con el Rvdo. D. Marcos, que ofició el funeral de la anciana.  Al día siguiente, (las personas citadas con nombres y apellidos en la introducción del libro, de dónde estoy copiando estos datos casi de forma literal), hablaron sobre la citada monja, sobre su vida y obra, de como la la comunidad nunca había leído totalmente los escritos espirituales de Sor María del Socorro, porque la letra del principios del siglo XIX, les suponía gran dificultad.
Se había gestado la idea de conmemorar el doscientos aniversario de su muerte, y en las reuniones previas, en un locutorio del convento de Archidona, descubrieron algunas de las "casualidades" que conectaban la muerte de la anciana monja Sor Ángeles con la de Sor María del Socorro (autora de los escritos). Averiguaron que Sor Ángeles fue una de las cuatro religiosas que permaneció en el convento cuando estaba prácticamente arruinado durante los años cuarenta y que se había encargado de dar a conocer la espiritualidad de Sor María del Socorro a la comunidad, especialmente entre las novicias. 

En los días siguientes comenzaron los trabajos, fotografiaron los escritos de Sor María del Socorro, siempre en uno de los locutorios, pues nunca salieron del convento. Durante este proceso descubrieron que junto a los manuscritos originales, que están conservados en un "cajoncito" de madera, además existía una copia literal realizada en el siglo XIX, encuadernada en un grueso legajo. Los documentos originales están escritos en papel tamaño folio, sueltos, numerados a lápiz con una letra distinta y doblado por la mitad, quedando en tamaño cuartilla.
Una vez digitalizada toda la documentación, comenzó el proceso de transcripción, que les llevaría un tiempo. Tras ello, comenzaron una primera fase de corrección ortográfica y gramatical, pero sin modificar en ningún momento el contenido del texto original,  al que solo se le han colocado tildes, puntos, comas, etc. puesto que carecía totalmente de ellos. Un trabajo que ha durado dos años y al leer el libro se nota la dedicación, el cuidado y el gran cariño que en él se han invertido.
Hay que destacar que la crónica general del convento de Archidona se perdió durante la Guerra Civil. Aun así se tienen datos de que no fue la primera vez que se intentó publicar, ya entre 1828 y 1829 se recogieron y cotejaron dichos escritos. Un siglo después en 1935 el mínimo Padre José Anguera, redescubrió estos escritos y propuso su publicación, pero desapareció como tantos otros eclesiásticos en octubre de 1936 y por ello los escritos de Sor María del Socorro, siguieron  guardados en su "cajoncito" del archivo de las mínimas.

Y es así como ha sido posible que estos escritos hayan tomado forma de libro y podamos leerlos en un precioso volumen, y como muestra este pequeño fragmento del principio:
" A los cuatro años de edad, celebró mi padre segundas nupcias; Dios me dio otra segunda madre, tan buena para mí ciertamente, el Señor me hizo un gran beneficio, pues me quitó las muchas gachas que me daban mi padre y mis tías. Empezó con entereza a hacerme dura, por lo que me quedé tan acobardada que parecía tonta; por tal me tenían, y así me nombraban todos menos mi padre, que siempre me defendía y no quería que me dieran ese título, que será una honra para mí hasta el fin de mi vida, y le tengo amor, porque me ha ahorrado tener vanidad, y no me ha estorbado para conocer a mi Dios."

Me llamó la atención como cuenta la relación con su madrastra, imagino que en el contexto de la época ese "me quitó las muchas gachas" era respetuoso, y así poco apoco nos va desgranando  una crónica de su vida terrenal y espiritual, desmenuzada a lo largo de 638 páginas y dónde se puede escuchar la tenue voz de esta mujer devota y mística. En las fotos que acompañan esta edición podemos observar su limpia caligrafía, el oratorio, el claustro, la tribuna con celosía desde dónde asistían las enfermas a las celebraciones litúrgicas, incluso una pintura al óleo de la monja y muchas más curiosidades que adornan este precioso libro.
 Los originales pueden ser una fuente de estudio para los estudiosos de la espiritualidad y mística mínima, así como en la historia de la lengua de la España de comienzos del XIX.