Hay libros que llegan para ser leídos y otros que llegan para ponernos a prueba. El ring, de Yolanda López, pertenece a los segundos. Quizá por eso sorprende el silencio que lo rodea. En un tiempo que consume poemas con la misma rapidez con la que los olvida, este libro exige algo más difícil: quedarse.
Desde sus primeras páginas se comprende que no estamos ante un poemario sobre el boxeo. El cuadrilátero es otra cosa. Es el lugar donde una conciencia se enfrenta a sí misma. Es el espacio reducido donde el cuerpo aprende lo que ya sabía el miedo. Es la geometría de una resistencia.
La estructura del libro —diecisiete asaltos y un desempate— no es un mero recurso formal. Marca el ritmo de una respiración entrecortada. Cada poema parece escrito desde el instante en que el aire escasea y, sin embargo, todavía queda fuerza para levantar los brazos.
La poesía de Yolanda López posee una rara cualidad: convierte el golpe en lenguaje sin domesticar su violencia. Los guantes, las cuerdas, el locutor, el muro, la cuenta atrás; todo forma parte de una escenografía que acaba desbordando el deporte para convertirse en una meditación sobre la fragilidad. No hay aquí épica del vencedor. Tampoco glorificación de la derrota. Lo que encontramos es algo más humano: la obstinación de quien permanece en pie cuando ya no está seguro de poder hacerlo.
Mientras leía El ring pensaba que algunos combates no ocurren contra nadie. Ocurren dentro. Contra el desgaste, contra la tristeza, contra la lenta erosión del tiempo. López conoce bien ese territorio. Por eso sus poemas no avanzan como un relato, sino como una sucesión de impactos. Cada verso parece medir la distancia entre la caída y el deseo de seguir.
Su escritura es intensa, cortante, a ratos visionaria. Los versos descienden por la página como si llevaran el peso del cansancio. Hay momentos en que el lenguaje parece quedarse sin aliento y es precisamente ahí donde encuentra su verdad. No busca embellecer la herida. Se acerca a ella. La observa. Escucha su respiración.
Y, sin embargo, este no es un libro oscuro. Hay una luz que lo atraviesa de principio a fin. No una luz redentora ni ingenua, sino la que aparece cuando alguien decide mirar de frente aquello que le duele. Una luz ganada asalto tras asalto.
Al cerrar el libro queda la sensación de haber acompañado a alguien en un combate íntimo. También la certeza de que, en el fondo, ese combate nos pertenece a todos. Yolanda López ha escrito un poemario que entiende la poesía no como refugio, sino como resistencia.
Quizá por eso El ring permanece resonando después de la última página. Porque nos recuerda algo que solemos olvidar: que hay derrotas que no consisten en caer, sino en dejar de luchar por las palabras capaces de nombrar nuestra oscuridad. Y que, mientras esas palabras existan, siempre quedará un último asalto.
Sobre la autora: Yolanda López
La trayectoria de Yolanda López es, ante todo, un mapa de desplazamientos. Licenciada en Filología Inglesa y doctora con una investigación profunda sobre la identidad en la obra de Eudora Welty, López ha construido un universo poético que no conoce fronteras entre la academia y la creación artística. Su labor investigadora, que la ha llevado desde los archivos históricos de Mississippi hasta las universidades de Birmingham y Santiago de Compostela, dota a su escritura de una mirada analítica que trasciende la simple confesión lírica.
Más allá de su labor como gestora judicial y su compromiso con la docencia, la obra de López se revela como un poliedro: es traductora, artista plástica y una voz activa en la escena literaria contemporánea, desde los recitales de Poesía Joven en Madrid hasta las tertulias de Poetas Nómadas en A Coruña. Con diez poemarios publicados y cerca de treinta reconocimientos nacionales e internacionales, su poesía se nutre de una hibridación constante; en ella, el ensayo, la música y la plástica no son disciplinas ajenas, sino capas que integran una identidad poética sólida, vanguardista y profundamente humana. Yolanda López no solo escribe; interroga la realidad a través de la memoria, la identidad y ese "pugilato" constante con la forma que define su voz.

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